Chile 2020: ¿Cómo llegamos a esto y hacia dónde vamos?

Por: Felipe Irarrázaval Ovalle | Publicado: 13 de agosto 2020

La principal explicación de cómo llegamos este nivel de convulsión es la falta de crecimiento (“it´s the economy, stupid”). Hay varias explicaciones más profundas, ya sean sociológicas, históricas o culturales, pero si el país hubiera seguido creciendo y con ello mejorando los empleos, estos problemas, aunque seguirían latentes, no habrían explotado. Es evidente que ha faltado autocrítica y audacia para mejorar el exitoso modelo chileno, pero en lo concreto la principal razón del descontento ha sido la disminución de las expectativas laborales, cambiadas por el bajo crecimiento y mutiladas por el ingreso indiscriminado de 1,2 millones de inmigrantes.

Desde la década del 90 y hasta el primer gobierno de Michelle Bachelet, Chile logró avances nunca antes vistos: en una generación los hijos estuvieron mucho mejor que sus padres y más gente que nunca salió de la pobreza. Tal fue el éxito chileno, que como país soñamos con llegar a ser desarrollados, y con ello romper con la historia de mediocridad de América Latina. Estuvimos muy cerca de lograrlo, pero lamentablemente caímos en la famosa y conocida trampa de los ingresos medios. Nos creímos ricos y no nos dimos cuenta de que en verdad estábamos matando la gallina de los huevos de oro.

Sin crecimiento, a la clase media no le aumentaron sus sueldos, y además vio con susto que podía quedarse sin trabajo por la cantidad de inmigrantes dispuestos a trabajar por mucho menos. Sin expectativas de mejora, la gente no fue capaz de aguantar la presión de la subida de costos para sostener sus nuevas necesidades al haberse transformado en clase media. Hubo susto de volver a la pobreza, porque para evitarlo hay que mantener un empleo que permita pagar la universidad de los hijos, salud, vivienda y los altos costos de la deuda en las tarjetas de las multitiendas. Debido a la falta de crecimiento, se perdió la esperanza y la confianza en el futuro, lo que se transformó en rabia, debido a lo injusto de que el esfuerzo y el trabajo no se traduzcan en estabilidad y progreso.

Esto explica el que "como de la nada" en Chile hubiera un tremendo estallido social, con un amplio apoyo ciudadano. La gente tenía mucha rabia acumulada, producto de sus frustraciones y temores. Y como el estallido fue tan inesperado, se improvisó, y por ello se esbozaron diversas causas: que la diferencia social histórica, que la diferencia de trato, que la falta de ética empresarial, que partió todo en el caso la Polar, etc. Y lamentablemente se validó la violencia como método para generar cambios. Como las causas no fueron bien entendidas, todos sin distinción acordaron, presionados por la violencia y el clamor ciudadano, hacer ajustes al modelo, que, aunque había sido exitoso, estaba desgastado. Incluso una minoría logró instalar que el problema es el modelo en sí, porque la economía de mercado sería injusta, y logró que Chile se embarcara en un proceso constitucional, de resultados aún inciertos.

Sin embargo, la realidad es que ya se le han hecho muchos cambios al modelo chileno. El problema es que todos han ido en la senda incorrecta, socavando el crecimiento a largo plazo. Los primeros cambios profundos fueron en el primer gobierno de Piñera donde "se corrió el cerco". Primero, se desdeñó y socavó la institucionalidad con el rechazo presidencial a Barrancones, lo que rápidamente derivó en que para cualquier aprobación medioambiental fuera más importante la opinión del Comité de Ministros que la opinión de los expertos técnicos. Segundo, se cambió la ley laboral, otorgando nuevos derechos, pero no se aprovechó de hacer a los trabajadores chilenos más competitivos a la altura de las exigencias globales. Y tercero, se hizo una reforma tributaria, que además de innecesaria, abrió el camino para que los partidos de izquierda volvieran a hacer nuevas reformas tributarias, que nunca recaudan lo necesario porque dañan en forma permanente el crecimiento. Después con Bachelet se hicieron más cambios, que solo harán nuestro país más regresivo e injusto, como por ejemplo la eliminación de los colegios particulares subvencionados y de los liceos bicentenarios. Por último, en el actual gobierno de Piñera llegamos a un parlamentarismo de facto, donde primero se aprobó un cambio constitucional y  posteriormente se logró darle un golpe de gracia al sistema de AFPs al materializar el retiro del “10%”, lo que hará que lamentablemente en el mediano plazo se transforme en un sistema de ahorro sólo para los más ricos, caso similar a lo ocurrido con las Isapres.

El crecimiento en un país es virtuoso porque con ello aumentan los trabajos, suben los sueldos, las empresas ganen más y, por todo lo anterior, se recaudan más impuestos. La primera en ponerle una lápida al crecimiento fue Bachelet cuando habló de "igualdad" sin apellidos. Para crecer se necesita a la empresa privada, se necesitan empresarios, tienen que haber ganadores para que todos ganemos, y con ello no hay otra posibilidad que generar desigualdades. En todos los países exitosos que crecen se genera desigualdad. Chile tenía un Gini antes de impuestos y transferencias similar al de los países europeos. Es decir, que aquellos países europeos que miramos con tanto interés generan la misma desigualdad que Chile. La gran diferencia la hacen los impuestos y las transferencias.

Chile tiene que cobrar más impuestos para igualarse a otros países exitosos, ya que es mucho más caro ayudar a la clase media que sacar a la gente de la pobreza. Si comparamos la carga tributaria de Chile con la OECD, Chile tiene que subir de su actual rango de 25% del PIB al promedio de 35%. Y como no se puede seguir aumentando el impuesto a las empresas porque compiten a nivel global, hay que subir el impuesto a las personas y evitar las exenciones. Chile recauda de las personas un 6% versus el 25% de la OECD; el problema es que no solo habría que subir el impuesto a los más ricos, sino que también la clase media tiene que pagar impuestos personales. Es malo e ilógico que el 80% de los chilenos no pague impuestos personales, razón por la que se entiende que la mayoría de los chilenos no se preocupen del alto gasto que efectúa el Estado, porque la plata no es suya. La clase media se subió al carro del consumo y también se tiene que subir al carro de los impuestos. Y si se suben los impuestos personales a la clase media, se podría pensar en bajar el IVA, impuesto regresivo que en Chile recauda un 45% del total de impuestos versus el 25% promedio OECD.

Pero no solo hacen falta más impuestos para ser solidarios. También es muy importante la efectividad con que el Estado los transfiere a quienes lo necesitan. Chile tiene un Estado muy ineficiente, situándose en el número 80 de 137 países según el World Economic Forum, porque una gran parte se gasta en los sueldos de los empleados públicos y cuesta mucho que los recursos lleguen a los que realmente lo necesitan. Un ejemplo de ello es lo ocurrido con el Coronavirus: por más programas que instale el gobierno, la plata no le llega a la gente. Esto explica la aprobación del retiro del 10% de lo ahorrado en las AFPs, y es paradojal que justamente como estos fondos los administran privados, el monto haya llegado inmediatamente a cada chileno.

El Covid también ha dejado de manifiesto lo atrasado de nuestra ley laboral, absolutamente inadecuada para la flexibilidad que requiere el mundo moderno. Ni las competencias, ni los horarios, ni las indemnizaciones están bien. Lo peor son las contrataciones y despidos donde Chile está en el lugar 123 de 137, también según el World Economic Forum. En Chile no se puede despedir a nadie sin pagar la indemnización y cada vez se hace más caro contratar a alguien por todos los costos asociados, lo que será especialmente crítico al tratar de recuperarnos de esta pandemia. Si una empresa está en problemas, mientras se sigan pagando los sueldos y las indemnizaciones, el problema es sólo de los dueños y rara vez los trabajadores tienen la misma mirada. Por otra parte, y como ejemplo, en Estados Unidos se preocupan del crecimiento y por lo tanto no hay indemnizaciones: con ello los empleados trabajan donde más les conviene y están muy incentivados a que a su empresa le vaya bien, porque saben que esa es la única forma de mantener su fuente laboral. A la vez, en ese país se ha generado una cultura donde una gran mayoría valora los riesgos que corren los empresarios, porque saben que si a ellos les va bien, a todos les va a ir bien.

Por lo tanto, ¿qué es lo que diferencia a los países en el largo plazo? Principalmente el crecimiento. Por muy rico que sea un país, si no genera nada y sólo gasta, en algún minuto no va a tener riqueza para poder gastar. A Chile le está pasando algo parecido, heredó una fortuna (que se ganó con el esfuerzo y trabajo de los últimos 30 años), se sintió rico y se puso a gastar, sin pensar en cómo iba a seguir generando. Si seguimos dilapidando así la fortuna, de repente va a llegar un minuto en que sin darnos cuenta se acabará la fiesta porque no nos quedará fortuna, pero en ese momento va a ser muy tarde para volver atrás.

La gran diferencia del Chile de hoy versus los 30 años exitosos es que no hay una mayoría de autoridades y legisladores pensando en cómo crecer y las leyes no se hacen con esto en mente. En el largo plazo si no se cambia, Chile decaerá constantemente. Al analizar las políticas públicas con este prisma, la última gran iniciativa efectiva que nos permitió crecer fue la ley de concesiones, que tuvo su apogeo durante el gobierno de Lagos, hace ya varios años. En vez de crecer, nos estamos acercando a pasos agigantados al promedio latino americano. Lamentablemente Chile todavía tiene recursos y acceso al crédito, lo que le va a permitir por un tiempo seguir dándose el lujo de tener malas políticas públicas, pero en el largo plazo todos vamos a tener que pagar la cuenta. En esta senda, el cambio solo va a ocurrir después de que Chile toque fondo, con lo que eso implicará en términos de pobreza, descontento, división, conflictividad y mala calidad de vida.

¿Qué podemos hacer para mejorar?

La respuesta que tengamos como país frente al descalabro producido por el Covid marcará nuevamente nuestro futuro. Los países exitosos serán los que busquen ponerle el hombro a la tarea buscando crecer con esfuerzo y trabajo. Los países que sólo busquen dar más subsidios y aumentar los impuestos entrarán inevitablemente en una espiral negativa.

Ojalá que la respuesta de Chile sea lo primero, acorde con resaltar el rol potenciador del crecimiento. Los chilenos tenemos que ponernos de acuerdo en que esto sea una prioridad para el país. Hay que apelar a ese 55% que votó por un gobierno de centro derecha, pero se debe lograr que este respaldo sea aún más transversal. Chile requiere un cambio de rumbo urgente, modernizar el estado, y volver a crecer. Necesitamos fortalecer el estado de derecho, hacer funcionar las instituciones, actualizar las leyes laborales, apoyar a los emprendedores y a la empresa privada, favorecer el ahorro, las inversiones locales y extranjeras, y evitar la permisiología extrema para materializar cualquier proyecto.

En conclusión, Chile debe volver a pensar todas sus políticas públicas y leyes a la luz de lo necesario para crecer. Además, debe modernizar el Estado. Solo así podrá ser solidario con la clase media, en forma permanente y justa.

Chile 2020: ¿Cómo llegamos a esto y hacia dónde vamos?

Por: Felipe Irarrázaval Ovalle | Publicado: 13 de agosto 2020

La principal explicación de cómo llegamos este nivel de convulsión es la falta de crecimiento (“it´s the economy, stupid”). Hay varias explicaciones más profundas, ya sean sociológicas, históricas o culturales, pero si el país hubiera seguido creciendo y con ello mejorando los empleos, estos problemas, aunque seguirían latentes, no habrían explotado. Es evidente que ha faltado autocrítica y audacia para mejorar el exitoso modelo chileno, pero en lo concreto la principal razón del descontento ha sido la disminución de las expectativas laborales, cambiadas por el bajo crecimiento y mutiladas por el ingreso indiscriminado de 1,2 millones de inmigrantes.

Desde la década del 90 y hasta el primer gobierno de Michelle Bachelet, Chile logró avances nunca antes vistos: en una generación los hijos estuvieron mucho mejor que sus padres y más gente que nunca salió de la pobreza. Tal fue el éxito chileno, que como país soñamos con llegar a ser desarrollados, y con ello romper con la historia de mediocridad de América Latina. Estuvimos muy cerca de lograrlo, pero lamentablemente caímos en la famosa y conocida trampa de los ingresos medios. Nos creímos ricos y no nos dimos cuenta de que en verdad estábamos matando la gallina de los huevos de oro.

Sin crecimiento, a la clase media no le aumentaron sus sueldos, y además vio con susto que podía quedarse sin trabajo por la cantidad de inmigrantes dispuestos a trabajar por mucho menos. Sin expectativas de mejora, la gente no fue capaz de aguantar la presión de la subida de costos para sostener sus nuevas necesidades al haberse transformado en clase media. Hubo susto de volver a la pobreza, porque para evitarlo hay que mantener un empleo que permita pagar la universidad de los hijos, salud, vivienda y los altos costos de la deuda en las tarjetas de las multitiendas. Debido a la falta de crecimiento, se perdió la esperanza y la confianza en el futuro, lo que se transformó en rabia, debido a lo injusto de que el esfuerzo y el trabajo no se traduzcan en estabilidad y progreso.

Esto explica el que "como de la nada" en Chile hubiera un tremendo estallido social, con un amplio apoyo ciudadano. La gente tenía mucha rabia acumulada, producto de sus frustraciones y temores. Y como el estallido fue tan inesperado, se improvisó, y por ello se esbozaron diversas causas: que la diferencia social histórica, que la diferencia de trato, que la falta de ética empresarial, que partió todo en el caso la Polar, etc. Y lamentablemente se validó la violencia como método para generar cambios. Como las causas no fueron bien entendidas, todos sin distinción acordaron, presionados por la violencia y el clamor ciudadano, hacer ajustes al modelo, que, aunque había sido exitoso, estaba desgastado. Incluso una minoría logró instalar que el problema es el modelo en sí, porque la economía de mercado sería injusta, y logró que Chile se embarcara en un proceso constitucional, de resultados aún inciertos.

Sin embargo, la realidad es que ya se le han hecho muchos cambios al modelo chileno. El problema es que todos han ido en la senda incorrecta, socavando el crecimiento a largo plazo. Los primeros cambios profundos fueron en el primer gobierno de Piñera donde "se corrió el cerco". Primero, se desdeñó y socavó la institucionalidad con el rechazo presidencial a Barrancones, lo que rápidamente derivó en que para cualquier aprobación medioambiental fuera más importante la opinión del Comité de Ministros que la opinión de los expertos técnicos. Segundo, se cambió la ley laboral, otorgando nuevos derechos, pero no se aprovechó de hacer a los trabajadores chilenos más competitivos a la altura de las exigencias globales. Y tercero, se hizo una reforma tributaria, que además de innecesaria, abrió el camino para que los partidos de izquierda volvieran a hacer nuevas reformas tributarias, que nunca recaudan lo necesario porque dañan en forma permanente el crecimiento. Después con Bachelet se hicieron más cambios, que solo harán nuestro país más regresivo e injusto, como por ejemplo la eliminación de los colegios particulares subvencionados y de los liceos bicentenarios. Por último, en el actual gobierno de Piñera llegamos a un parlamentarismo de facto, donde primero se aprobó un cambio constitucional y  posteriormente se logró darle un golpe de gracia al sistema de AFPs al materializar el retiro del “10%”, lo que hará que lamentablemente en el mediano plazo se transforme en un sistema de ahorro sólo para los más ricos, caso similar a lo ocurrido con las Isapres.

El crecimiento en un país es virtuoso porque con ello aumentan los trabajos, suben los sueldos, las empresas ganen más y, por todo lo anterior, se recaudan más impuestos. La primera en ponerle una lápida al crecimiento fue Bachelet cuando habló de "igualdad" sin apellidos. Para crecer se necesita a la empresa privada, se necesitan empresarios, tienen que haber ganadores para que todos ganemos, y con ello no hay otra posibilidad que generar desigualdades. En todos los países exitosos que crecen se genera desigualdad. Chile tenía un Gini antes de impuestos y transferencias similar al de los países europeos. Es decir, que aquellos países europeos que miramos con tanto interés generan la misma desigualdad que Chile. La gran diferencia la hacen los impuestos y las transferencias.

Chile tiene que cobrar más impuestos para igualarse a otros países exitosos, ya que es mucho más caro ayudar a la clase media que sacar a la gente de la pobreza. Si comparamos la carga tributaria de Chile con la OECD, Chile tiene que subir de su actual rango de 25% del PIB al promedio de 35%. Y como no se puede seguir aumentando el impuesto a las empresas porque compiten a nivel global, hay que subir el impuesto a las personas y evitar las exenciones. Chile recauda de las personas un 6% versus el 25% de la OECD; el problema es que no solo habría que subir el impuesto a los más ricos, sino que también la clase media tiene que pagar impuestos personales. Es malo e ilógico que el 80% de los chilenos no pague impuestos personales, razón por la que se entiende que la mayoría de los chilenos no se preocupen del alto gasto que efectúa el Estado, porque la plata no es suya. La clase media se subió al carro del consumo y también se tiene que subir al carro de los impuestos. Y si se suben los impuestos personales a la clase media, se podría pensar en bajar el IVA, impuesto regresivo que en Chile recauda un 45% del total de impuestos versus el 25% promedio OECD.

Pero no solo hacen falta más impuestos para ser solidarios. También es muy importante la efectividad con que el Estado los transfiere a quienes lo necesitan. Chile tiene un Estado muy ineficiente, situándose en el número 80 de 137 países según el World Economic Forum, porque una gran parte se gasta en los sueldos de los empleados públicos y cuesta mucho que los recursos lleguen a los que realmente lo necesitan. Un ejemplo de ello es lo ocurrido con el Coronavirus: por más programas que instale el gobierno, la plata no le llega a la gente. Esto explica la aprobación del retiro del 10% de lo ahorrado en las AFPs, y es paradojal que justamente como estos fondos los administran privados, el monto haya llegado inmediatamente a cada chileno.

El Covid también ha dejado de manifiesto lo atrasado de nuestra ley laboral, absolutamente inadecuada para la flexibilidad que requiere el mundo moderno. Ni las competencias, ni los horarios, ni las indemnizaciones están bien. Lo peor son las contrataciones y despidos donde Chile está en el lugar 123 de 137, también según el World Economic Forum. En Chile no se puede despedir a nadie sin pagar la indemnización y cada vez se hace más caro contratar a alguien por todos los costos asociados, lo que será especialmente crítico al tratar de recuperarnos de esta pandemia. Si una empresa está en problemas, mientras se sigan pagando los sueldos y las indemnizaciones, el problema es sólo de los dueños y rara vez los trabajadores tienen la misma mirada. Por otra parte, y como ejemplo, en Estados Unidos se preocupan del crecimiento y por lo tanto no hay indemnizaciones: con ello los empleados trabajan donde más les conviene y están muy incentivados a que a su empresa le vaya bien, porque saben que esa es la única forma de mantener su fuente laboral. A la vez, en ese país se ha generado una cultura donde una gran mayoría valora los riesgos que corren los empresarios, porque saben que si a ellos les va bien, a todos les va a ir bien.

Por lo tanto, ¿qué es lo que diferencia a los países en el largo plazo? Principalmente el crecimiento. Por muy rico que sea un país, si no genera nada y sólo gasta, en algún minuto no va a tener riqueza para poder gastar. A Chile le está pasando algo parecido, heredó una fortuna (que se ganó con el esfuerzo y trabajo de los últimos 30 años), se sintió rico y se puso a gastar, sin pensar en cómo iba a seguir generando. Si seguimos dilapidando así la fortuna, de repente va a llegar un minuto en que sin darnos cuenta se acabará la fiesta porque no nos quedará fortuna, pero en ese momento va a ser muy tarde para volver atrás.

La gran diferencia del Chile de hoy versus los 30 años exitosos es que no hay una mayoría de autoridades y legisladores pensando en cómo crecer y las leyes no se hacen con esto en mente. En el largo plazo si no se cambia, Chile decaerá constantemente. Al analizar las políticas públicas con este prisma, la última gran iniciativa efectiva que nos permitió crecer fue la ley de concesiones, que tuvo su apogeo durante el gobierno de Lagos, hace ya varios años. En vez de crecer, nos estamos acercando a pasos agigantados al promedio latino americano. Lamentablemente Chile todavía tiene recursos y acceso al crédito, lo que le va a permitir por un tiempo seguir dándose el lujo de tener malas políticas públicas, pero en el largo plazo todos vamos a tener que pagar la cuenta. En esta senda, el cambio solo va a ocurrir después de que Chile toque fondo, con lo que eso implicará en términos de pobreza, descontento, división, conflictividad y mala calidad de vida.

¿Qué podemos hacer para mejorar?

La respuesta que tengamos como país frente al descalabro producido por el Covid marcará nuevamente nuestro futuro. Los países exitosos serán los que busquen ponerle el hombro a la tarea buscando crecer con esfuerzo y trabajo. Los países que sólo busquen dar más subsidios y aumentar los impuestos entrarán inevitablemente en una espiral negativa.

Ojalá que la respuesta de Chile sea lo primero, acorde con resaltar el rol potenciador del crecimiento. Los chilenos tenemos que ponernos de acuerdo en que esto sea una prioridad para el país. Hay que apelar a ese 55% que votó por un gobierno de centro derecha, pero se debe lograr que este respaldo sea aún más transversal. Chile requiere un cambio de rumbo urgente, modernizar el estado, y volver a crecer. Necesitamos fortalecer el estado de derecho, hacer funcionar las instituciones, actualizar las leyes laborales, apoyar a los emprendedores y a la empresa privada, favorecer el ahorro, las inversiones locales y extranjeras, y evitar la permisiología extrema para materializar cualquier proyecto.

En conclusión, Chile debe volver a pensar todas sus políticas públicas y leyes a la luz de lo necesario para crecer. Además, debe modernizar el Estado. Solo así podrá ser solidario con la clase media, en forma permanente y justa.