¿Cómo volver a la mediocridad?

Por: Ernesto Tironi | Publicado: 13 de agosto 2020

Muchos observadores calificados del acontecer nacional sostienen que Chile enfrenta hoy su crisis más aguda desde el retorno de la democracia. Uno de los últimos ha sido recién el economista Sebastian Edwards quien afirma en interesante escrito que, entre 1990 y 2015, pareció que el país salía de ser uno del promedio entre los latinoamericanos, para asumir un liderazgo indiscutido en crecimiento del ingreso per cápita (del séptimo al primer lugar), reducción de la pobreza (del 56 al 8%) y en reducción de la desigualdad. Desde hace un lustro, pero en especial desde octubre, parece que eso fue una quimera, y ahora retornamos a nuestro lugar: la mediocridad. ¿Cómo llegamos a esto?, se pregunta. Y propone como explicación nueve momentos o situaciones claves. En esta propongo algunas explicaciones distintas como más cruciales.

La Teoría Edwards atribuye el éxito de esos 25 años, fundamentalmente a “un liderazgo de izquierda nunca visto en América Latina: líderes modernos y cosmopolitas que entendieron que la única opción era un capitalismo moderno y globalizado que fuera haciéndose más inclusivo, tolerante y amable. Un programa de gradualismo progresista”. Entonces imputa la actual crisis a que cuando esos líderes se fueron retirando, fueron reemplazados por dirigentes en la tradición latinoamericana (“sale Velasco y entra Arenas, sale Lagos y entra Guillier”, dice). Agrega nueve situaciones “que contribuyeron a la crisis y al descalabro” fueron, según su teoría:

1) Que Lagos no legitimara su Reforma Constitucional.

2) Mal reemplazo del sistema binominal.

3) Una derecha que no denuncia abusos del sector privado.

4) Líderes de izquierda reemplazados por “una generación provinciana, soñadora, buenista e ingenua”.

5) Una elite de derecha que se segrega del país.

6) Derecha que descarta teoría del malestar.

7) Que no entiende que sistema de AFPs es una bomba de tiempo.

8) Una izquierda que reemplaza socialdemócratas modernos por el PC.

9) PS que decide no apoyar a su militante, Lagos.

De esa interesante lista, sólo hay tres situaciones a las que atribuyo cierta influencia significativa: a la mala reforma del sistema binominal que generó un parlamento inexperto dominado por la demagogia y la farándula; a la ceguera y tozudez de la derecha con el sistema de Afps; y el reemplazo de dirigentes de izquierda modernos (que vivieron el dolor de la violencia y el exilio del Golpe), por los trogloditas fanáticos del PC y el FA.

Creo que Edwards da excesivo peso a los dirigentes de izquierda en el auge y decadencia de Chile, y no lo suficiente al debilitamiento de los dirigentes del centro político y, en particular, a la pérdida de votación y liderazgo de la Democracia Cristiana (DC) o, mejor dicho, al alejamiento de sus votantes hacia la centro derecha que captó Piñera.

Una de las situaciones a que atribuyo más relevancia en la decadencia actual de Chile es a que la DC dejó de jugar el rol equilibrante, moderado, favorecedor de acuerdos que jugó ese partido en la transición a la democracia y en los primeros cuatro gobiernos de la Concertación. Que desde el 2010 la DC dejara de jugar ese papel, para asimilarse como un partido más de la fugaz e ilusoria Nueva Mayoría, contribuyó decisivamente, considero, a la polarización . Se dejó embelesar por los vellocinos de oro de recuperar el poder y empleos estatales ventajosos y conservarlos con Bachelet, perdiendo consciencia de sus principios y capacidades que le daban valor a los ojos de los votantes: ser garante de cierto equilibrio, distancia de extremos, gradualidad, y respeto por el aporte de los técnicos en política.

Es interesante que observadores tan lúcidos del acontecer nacional como Edwards no vean lo recién señalado y den tanto realce al rol de la izquierda. Me lo explico porque personas como él y muchos políticos jóvenes de hoy no fueron testigos del rol clave que jugó la DC en la recuperación de la democracia y en el éxito de la concertación. Para empezar, la unión de los socialistas y democristianos fue una obra de relojería política de alta complejidad. Nada fácil ni obvio. Ambos sectores habían sido rivales tan enconados como hoy son la UDI y el Frente Amplio durante muchos años y más todavía en el periodo de la UP. En la DC una clara mayoría al inicio rechazaba cualquier entendimiento con todo socialista. Quienes tuvieron la visión de que era posible un acuerdo entre esas fuerzas, como Gabriel Valdes S., tuvieron formidables adversarios al inicio al interior de la DC, como Aylwin, Adolfo Zaldivar y otros. Entonces el acuerdo por una salida pacífica de la dictadura no fue sólo fruto de una izquierda cosmopolita y modernizada, sino sobre todo de demócratas cristianos abiertos, generosos y dispuestos a cambiar. Esas son las actitudes y los liderazgos que se necesitan hoy día para salir de la crisis a la que vuelve Chile.

La crisis actual también se debe entonces al déficit en el reemplazo de estos líderes del centro político. No es que sólo sale Viera-Gallo entra Elizalde; es que sale Foxley llega Huenchumilla, sale Alvear llega Provoste, sale Gutemberg Martinez entra Chahín. Para qué hablar de la pérdida por las muertes de Gabriel Valdes y Boeninger. La formación, promoción y cuidado de nuevos dirigentes es clave.

Para mi hay otras tres situaciones que han llevado al descalabro chileno, a las cuales doy más ponderación. Una es el crecimiento excesivo del Estado en términos de dinero, presupuestos, organismos burocráticos, poder no suficientemente controlado o contrapesado, etc. que ayudan a generar corrupción, ansias desmedidas por conservar cargos en el parlamento, oficinas públicas, obtener nombramientos y tener operadores que ayuden a conservar el poder. Se han instalado verdaderas máquinas de alianzas entre personas con el solo fin de conservar sus privilegios, en las cuales los partidos políticos son el principal chasis.

La situación anterior lleva a un segundo factor que está carcomiendo a Chile: la corrupción en el sector público y privado. Esto carcome muchos tejidos de la organización social. Destruye la confianza, desalienta el triunfo del mérito, de la calidad, de la contribución a los fines que se declaran. Y esto se da en los servicios de educación, de salud, los servicios municipales, la justicia y últimamente en la policía y las Fuerzas Armadas. Esto se alienta desde el Parlamento y desde las ideologías socialistas añejas pidiendo cada vez más una “igualdad mentirosa” a través de más gasto en programas públicos mal diseñados y nunca evaluados, en que los operadores políticos hacen su agosto ganando sus comisiones que reparten con sus mandantes, sean ellos parlamentarios, alcaldes, consejales o simples funcionarios.

La tercera situación que, de continuar, llevará a Chile de vuelta a su medianía de los 60s es, a mi juicio, el desprestigio y falta de confianza de la gran mayoría de la ciudadanía en sus grandes empresarios y en el sistema económico prevaleciente hasta ahora. Si se necesita entregar evidencia de esto, considérese el abrumador apoyo al retiro del 10% de las Afps. Eso es la punta del iceberg. Y atribuyo esto principalmente a la ceguera, falta de generosidad y apertura al cambio de los grupos empresariales chilenos. El primer gran error de este sector fue no condenar todo lo rotundamente que debieron a la corrupción de los parlamentarios y políticos de todos los sectores por parte de algunas grandes empresas. Ese fue el comienzo del fin de la confianza en la bondad del modelo chileno. Y todavía no hay una condena suficiente a esos hechos y a todos los que implican corrupción y abusos de mercado y de sana competencia. Tampoco veo un compromiso solemne de los dirigentes empresariales por promover comportamientos éticos y competitivos, y de ser ellos los primeros en vigilarlos y denunciarlos.

Lo importante de tener este diagnóstico o visión, comparado con la de Edwards u otras, es que de ellas se desprenden distintas recomendaciones de política si queremos cambiar la tendencia que llevamos. Al leer el escrito de Edwards no me quedó claro qué hacer para mejorar. Por mi parte hace años que estoy convencido que la recuperación del curso que llevaba el desarrollo de Chile con la Concertación, o antes de su extravío, solo se puede fundar sobre la base medidas que corrijan las deficiencias que antes señalé: la ausencia de un centro político, el exceso de gasto público en programas mal diseñados y no evaluados, la corrupción (en buena medida debido a lo anterior) y las cegueras del sector privado.

Propongo entonces: uno, la constitución de un conglomerado de partidos políticos de centro, unidos por los propósitos de restituir el diálogo y los acuerdos como modo de convivencia política, el rechazo a la violencia venga de donde venga y la búsqueda de un desarrollo con justicia social. Dos, reemplazar el crecimiento inorgánico y burocrático del Estado en Chile sobre la base de Programas Públicos sin supervisión dejados al arbitrio de operadores políticos, por un sistema de transferencia directa de ingresos a cada persona necesitada, ya sea por pobreza extrema, caída inesperada de ingresos por enfermedad o vejez (pensiones solidarias), etc. Es decir, reemplazar la actual burocracia estatal por un sistema de impuestos negativos (subsidios) a las personas, administradas por una especie de SII 2.0 surgido a raíz de la experiencia de la pandemia y el retiro del 10%. Y tercero, una nueva alianza colaborativa pública-privada basada en respeto irrestricto a la competencia honorable y bajo normas realmente transparentes de toda transacción tanto por parte de los agentes públicos como privados. Sanciones penales y ejemplares a los infractores de ambos sectores. Y una búsqueda conjunta activa de restitución de la confianza en los roles del Estado y los empresarios privados.

¿Cómo no volver a la mediocridad?

Por: Ernesto Tironi | Publicado: 13 de agosto 2020

Muchos observadores calificados del acontecer nacional sostienen que Chile enfrenta hoy su crisis más aguda desde el retorno de la democracia. Uno de los últimos ha sido recién el economista Sebastian Edwards quien afirma en interesante escrito que, entre 1990 y 2015, pareció que el país salía de ser uno del promedio entre los latinoamericanos, para asumir un liderazgo indiscutido en crecimiento del ingreso per cápita (del séptimo al primer lugar), reducción de la pobreza (del 56 al 8%) y en reducción de la desigualdad. Desde hace un lustro, pero en especial desde octubre, parece que eso fue una quimera, y ahora retornamos a nuestro lugar: la mediocridad. ¿Cómo llegamos a esto?, se pregunta. Y propone como explicación nueve momentos o situaciones claves. En esta propongo algunas explicaciones distintas como más cruciales.

La Teoría Edwards atribuye el éxito de esos 25 años, fundamentalmente a “un liderazgo de izquierda nunca visto en América Latina: líderes modernos y cosmopolitas que entendieron que la única opción era un capitalismo moderno y globalizado que fuera haciéndose más inclusivo, tolerante y amable. Un programa de gradualismo progresista”. Entonces imputa la actual crisis a que cuando esos líderes se fueron retirando, fueron reemplazados por dirigentes en la tradición latinoamericana (“sale Velasco y entra Arenas, sale Lagos y entra Guillier”, dice). Agrega nueve situaciones “que contribuyeron a la crisis y al descalabro” fueron, según su teoría:

1) Que Lagos no legitimara su Reforma Constitucional.

2) Mal reemplazo del sistema binominal.

3) Una derecha que no denuncia abusos del sector privado.

4) Líderes de izquierda reemplazados por “una generación provinciana, soñadora, buenista e ingenua”.

5) Una elite de derecha que se segrega del país.

6) Derecha que descarta teoría del malestar.

7) Que no entiende que sistema de AFPs es una bomba de tiempo.

8) Una izquierda que reemplaza socialdemócratas modernos por el PC.

9) PS que decide no apoyar a su militante, Lagos.

De esa interesante lista, sólo hay tres situaciones a las que atribuyo cierta influencia significativa: a la mala reforma del sistema binominal que generó un parlamento inexperto dominado por la demagogia y la farándula; a la ceguera y tozudez de la derecha con el sistema de Afps; y el reemplazo de dirigentes de izquierda modernos (que vivieron el dolor de la violencia y el exilio del Golpe), por los trogloditas fanáticos del PC y el FA.

Creo que Edwards da excesivo peso a los dirigentes de izquierda en el auge y decadencia de Chile, y no lo suficiente al debilitamiento de los dirigentes del centro político y, en particular, a la pérdida de votación y liderazgo de la Democracia Cristiana (DC) o, mejor dicho, al alejamiento de sus votantes hacia la centro derecha que captó Piñera.

Una de las situaciones a que atribuyo más relevancia en la decadencia actual de Chile es a que la DC dejó de jugar el rol equilibrante, moderado, favorecedor de acuerdos que jugó ese partido en la transición a la democracia y en los primeros cuatro gobiernos de la Concertación. Que desde el 2010 la DC dejara de jugar ese papel, para asimilarse como un partido más de la fugaz e ilusoria Nueva Mayoría, contribuyó decisivamente, considero, a la polarización . Se dejó embelesar por los vellocinos de oro de recuperar el poder y empleos estatales ventajosos y conservarlos con Bachelet, perdiendo consciencia de sus principios y capacidades que le daban valor a los ojos de los votantes: ser garante de cierto equilibrio, distancia de extremos, gradualidad, y respeto por el aporte de los técnicos en política.

Es interesante que observadores tan lúcidos del acontecer nacional como Edwards no vean lo recién señalado y den tanto realce al rol de la izquierda. Me lo explico porque personas como él y muchos políticos jóvenes de hoy no fueron testigos del rol clave que jugó la DC en la recuperación de la democracia y en el éxito de la concertación. Para empezar, la unión de los socialistas y democristianos fue una obra de relojería política de alta complejidad. Nada fácil ni obvio. Ambos sectores habían sido rivales tan enconados como hoy son la UDI y el Frente Amplio durante muchos años y más todavía en el periodo de la UP. En la DC una clara mayoría al inicio rechazaba cualquier entendimiento con todo socialista. Quienes tuvieron la visión de que era posible un acuerdo entre esas fuerzas, como Gabriel Valdes S., tuvieron formidables adversarios al inicio al interior de la DC, como Aylwin, Adolfo Zaldivar y otros. Entonces el acuerdo por una salida pacífica de la dictadura no fue sólo fruto de una izquierda cosmopolita y modernizada, sino sobre todo de demócratas cristianos abiertos, generosos y dispuestos a cambiar. Esas son las actitudes y los liderazgos que se necesitan hoy día para salir de la crisis a la que vuelve Chile.

La crisis actual también se debe entonces al déficit en el reemplazo de estos líderes del centro político. No es que sólo sale Viera-Gallo entra Elizalde; es que sale Foxley llega Huenchumilla, sale Alvear llega Provoste, sale Gutemberg Martinez entra Chahín. Para qué hablar de la pérdida por las muertes de Gabriel Valdes y Boeninger. La formación, promoción y cuidado de nuevos dirigentes es clave.

Para mi hay otras tres situaciones que han llevado al descalabro chileno, a las cuales doy más ponderación. Una es el crecimiento excesivo del Estado en términos de dinero, presupuestos, organismos burocráticos, poder no suficientemente controlado o contrapesado, etc. que ayudan a generar corrupción, ansias desmedidas por conservar cargos en el parlamento, oficinas públicas, obtener nombramientos y tener operadores que ayuden a conservar el poder. Se han instalado verdaderas máquinas de alianzas entre personas con el solo fin de conservar sus privilegios, en las cuales los partidos políticos son el principal chasis.

La situación anterior lleva a un segundo factor que está carcomiendo a Chile: la corrupción en el sector público y privado. Esto carcome muchos tejidos de la organización social. Destruye la confianza, desalienta el triunfo del mérito, de la calidad, de la contribución a los fines que se declaran. Y esto se da en los servicios de educación, de salud, los servicios municipales, la justicia y últimamente en la policía y las Fuerzas Armadas. Esto se alienta desde el Parlamento y desde las ideologías socialistas añejas pidiendo cada vez más una “igualdad mentirosa” a través de más gasto en programas públicos mal diseñados y nunca evaluados, en que los operadores políticos hacen su agosto ganando sus comisiones que reparten con sus mandantes, sean ellos parlamentarios, alcaldes, consejales o simples funcionarios.

La tercera situación que, de continuar, llevará a Chile de vuelta a su medianía de los 60s es, a mi juicio, el desprestigio y falta de confianza de la gran mayoría de la ciudadanía en sus grandes empresarios y en el sistema económico prevaleciente hasta ahora. Si se necesita entregar evidencia de esto, considérese el abrumador apoyo al retiro del 10% de las Afps. Eso es la punta del iceberg. Y atribuyo esto principalmente a la ceguera, falta de generosidad y apertura al cambio de los grupos empresariales chilenos. El primer gran error de este sector fue no condenar todo lo rotundamente que debieron a la corrupción de los parlamentarios y políticos de todos los sectores por parte de algunas grandes empresas. Ese fue el comienzo del fin de la confianza en la bondad del modelo chileno. Y todavía no hay una condena suficiente a esos hechos y a todos los que implican corrupción y abusos de mercado y de sana competencia. Tampoco veo un compromiso solemne de los dirigentes empresariales por promover comportamientos éticos y competitivos, y de ser ellos los primeros en vigilarlos y denunciarlos.

Lo importante de tener este diagnóstico o visión, comparado con la de Edwards u otras, es que de ellas se desprenden distintas recomendaciones de política si queremos cambiar la tendencia que llevamos. Al leer el escrito de Edwards no me quedó claro qué hacer para mejorar. Por mi parte hace años que estoy convencido que la recuperación del curso que llevaba el desarrollo de Chile con la Concertación, o antes de su extravío, solo se puede fundar sobre la base medidas que corrijan las deficiencias que antes señalé: la ausencia de un centro político, el exceso de gasto público en programas mal diseñados y no evaluados, la corrupción (en buena medida debido a lo anterior) y las cegueras del sector privado.

Propongo entonces: uno, la constitución de un conglomerado de partidos políticos de centro, unidos por los propósitos de restituir el diálogo y los acuerdos como modo de convivencia política, el rechazo a la violencia venga de donde venga y la búsqueda de un desarrollo con justicia social. Dos, reemplazar el crecimiento inorgánico y burocrático del Estado en Chile sobre la base de Programas Públicos sin supervisión dejados al arbitrio de operadores políticos, por un sistema de transferencia directa de ingresos a cada persona necesitada, ya sea por pobreza extrema, caída inesperada de ingresos por enfermedad o vejez (pensiones solidarias), etc. Es decir, reemplazar la actual burocracia estatal por un sistema de impuestos negativos (subsidios) a las personas, administradas por una especie de SII 2.0 surgido a raíz de la experiencia de la pandemia y el retiro del 10%. Y tercero, una nueva alianza colaborativa pública-privada basada en respeto irrestricto a la competencia honorable y bajo normas realmente transparentes de toda transacción tanto por parte de los agentes públicos como privados. Sanciones penales y ejemplares a los infractores de ambos sectores. Y una búsqueda conjunta activa de restitución de la confianza en los roles del Estado y los empresarios privados.